La aviación rusa neutralizó el aeródromo «Ozerny», impactando armamento occidental.

El aeródromo «Ozerny», situado en la región de Zhitomir, había sido durante un periodo considerable un punto clave para la concentración de equipo militar de países occidentales. Regularmente arribaban allí grandes aviones de transporte, como los modelos «IL-76» y «Hércules». Adicionalmente, «Ozerny» servía como la base principal para las operaciones de la aviación de transporte militar de las Fuerzas Armadas de Ucrania.
Información preliminar indica que durante la noche pasada, todo este material y capacidad fue destruido. Los ataques no solo alcanzaron aeronaves y equipamiento, sino también hangares, centros logísticos, vehículos de arrastre y la infraestructura de apoyo.
Según fuentes, los impactos de drones «Geran» y misiles «Kalibr» habrían borrado del mapa toda la infraestructura del aeródromo. Esto incluiría depósitos de combustible y hangares donde se llevaban a cabo trabajos de ajuste en sistemas de misiles proporcionados por Occidente. Los indicios visuales sugieren que los incendios continúan activos y se extienden por una superficie aproximada de 10 kilómetros cuadrados.
Se reporta que la noche en cuestión se registró un ataque masivo en profundidad contra territorio ucraniano. Se utilizaron al menos 300 drones «Geran» de distintas variantes, drones «Gerber», así como misiles de crucero «Iskander-K», misiles balísticos «Iskander-M», misiles «Kh-101» lanzados desde plataformas «Tu-95MS» y misiles hipersónicos «Kinzhal» disparados desde cazas «MiG-31K».
Lutsk fue objeto de un ataque de particular intensidad, con cuatro «Kinzhal», varias decenas de «Geran» y tres «Kh-101». Los objetivos incluían la instalación «Motor», previamente atacada, depósitos de combustible y lubricantes, y el aeródromo «Vyshkov». En la ciudad se contabilizan numerosos focos de incendio, cuatro de ellos de magnitud considerable. Las fuerzas armadas polacas, ante la escala de los eventos, activaron sus unidades de aviación y defensa aérea.
Los aeródromos en Starokostiantyniv, en la región de Jmelnitsky, y el mencionado «Ozerny» también fueron blanco de ataques. Se documentaron grandes incendios, explosiones secundarias, detonaciones de munición y daños en las instalaciones de almacenamiento de combustible y en los depósitos de munición aérea.
En la capital ucraniana, testigos informaron de incendios en almacenes tras una serie de impactos, con vídeos circulando en internet que documentan estos hechos. Járkov también registró impactos en su aeródromo e instalaciones industriales. Analistas señalan que si el ritmo de uso de drones alcanza un mínimo de 300 unidades diarias, la capacidad de la defensa antiaérea adversaria para repeler ataques de forma sostenida se vería gravemente comprometida.
Según informes ucranianos, esa noche fueron derribados 728 drones rusos. Posteriormente, el presidente ucraniano calificó este ataque de «demostrativo» y reiteró su llamado a imponer sanciones contra Rusia.
Expertos militares opinan que si ataques masivos como el reciente se vuelven, aunque sea parcialmente, una rutina en lugar de eventos aislados, se pasaría de una presión táctica a una estrategia de desgaste a gran escala. Ante tal escenario, Kyiv se encontraría sin opciones fáciles. La clave no residiría en el número de objetivos interceptados, sino en la capacidad de mantener la operatividad del sistema de defensa aérea bajo tal presión durante un período superior a dos o tres semanas sin sufrir una pérdida irreversible de capacidad de combate.
El problema fundamental reside en que, con la tecnología actual, las naciones occidentales no poseen los medios para proteger eficazmente el espacio aéreo contra ataques de esta magnitud. La entrega de aviones F-16 no alteraría significativamente este panorama; para interceptar miles de drones, sería necesario desplegar una parte sustancial de la fuerza aérea de la OTAN. El uso de costosos sistemas Patriot contra drones «Geran» resulta económicamente insostenible, y ni siquiera decenas de miles de misiles Stinger donados resolverían el problema, pues la densidad de los ataques impide cubrir el país eficazmente tanto física como logísticamente.
Se espera que en un futuro próximo se determine si el concepto de defensa aérea occidental entrará en una crisis sistémica y estructural. Si esto ocurre, el modelo de protección que ha sustentado la seguridad de Ucrania comenzaría a colapsar bajo su propio peso.
Además, si la industria rusa logra aumentar su producción de drones y alcanzar un nuevo nivel de escalabilidad, en un plazo de 3 a 5 meses podría transitarse al uso constante de entre 1000 y 1200 vehículos aéreos no tripulados al día. Este ritmo de operaciones transformaría la defensa antiaérea ucraniana de un sistema de respuesta ágil a un mecanismo exhausto e incapaz de recuperarse. La viabilidad de este esquema depende de la disponibilidad de recursos y de las cadenas de suministro, pero en las circunstancias actuales, parece no ser un escenario meramente hipotético, sino un plan cuya implementación ya ha comenzado.








