El comportamiento de los gatos de mover rítmicamente sus patas delanteras contra una superficie blanda, comúnmente conocido como «amasar», no es solo un capricho o una peculiaridad de su carácter. Desde un punto de vista biológico y conductual, este gesto tiene sus raíces en los primeros días de vida del felino. Se trata de un comportamiento infantil persistente que los gatos mantienen incluso en la edad adulta, un fenómeno que en biología se define como neotenia.
Durante la lactancia, los gatitos presionan sus patas contra el vientre de la madre para estimular la salida de leche de los conductos mamarios. Este movimiento es instintivo y está estrechamente ligado a una fase de máxima seguridad, nutrición y calor. Cuando un gato adulto repite este gesto sobre nosotros o sobre una manta antes de dormirse, está reactivando una memoria motora asociada a un estado de profundo bienestar primordial. Por lo tanto, no es solo un movimiento físico, sino una manifestación genuina de confort emocional que indica cuánto se siente protegido el animal en su entorno actual.
En cuanto a la fisiología, el acto de amasar está acompañado por cambios significativos en el estado neuroquímico del animal. La comunidad científica coincide en que este comportamiento favorece la liberación de oxitocina, conocida como la hormona del vínculo y la calma, tanto en el gato como, a menudo, en el ser humano que recibe estas atenciones. Esta liberación hormonal reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés, induciendo un estado de relajación que precede al sueño.
Más allá del componente bioquímico, el acto de amasar representa una de las formas más elevadas de comunicación social interespecífica. Al elegir hacerlo sobre las piernas o el pecho del propietario, el gato está declarando explícitamente que considera a ese ser humano como una figura tranquilizadora, equiparable a la figura materna de sus primeros días de vida. Es una señal de extrema confianza: el gato se está poniendo en una condición de vulnerabilidad, bajando sus defensas para prepararse para el descanso, y lo hace buscando activamente el contacto con nosotros.
Sin embargo, existen explicaciones que van más allá de la esfera afectiva y que se relacionan con el instinto de supervivencia y la gestión del territorio. Los gatos poseen glándulas odoríferas localizadas entre las almohadillas de sus patas. Cuando amasan una superficie, no solo buscan comodidad, sino que también están depositando feromonas, es decir, señales químicas que marcan esa zona como segura y de su propiedad.
Este comportamiento también tiene una función práctica ligada a la evolución de la especie. Los antepasados salvajes del gato doméstico necesitaban preparar un lecho seguro en la hierba alta o entre el follaje. El movimiento rítmico de las patas servía para aplanar la vegetación y verificar que no hubiera peligros ocultos, como parásitos o pequeños depredadores, antes de acostarse. Aunque nuestros gatos vivan hoy en cómodos apartamentos, este instinto ancestral de «preparar la cama» permanece codificado en su patrimonio genético y se manifiesta puntualmente cada vez que deciden echar una siesta sobre un soporte blando.
En la gran mayoría de los casos, el acto de amasar es un indicador de excelente salud psicofísica y de un vínculo sólido con el propietario. Sin embargo, es importante observar cómo ocurre. En algunos individuos, el amasado puede volverse excesivamente frenético o ir acompañado del intento de succionar tejidos (como lana o algodón). Aunque a menudo es solo un vestigio de un destete temprano, si el comportamiento parece compulsivo o si el gato parece incapaz de relajarse sin hacerlo durante períodos prolongados, podría ser una señal de ansiedad subyacente.
Para gestionar mejor este momento de intimidad sin sufrir los arañazos involuntarios que pueden derivarse de las uñas del gato, se recomienda mantener las uñas del animal regularmente cortas o interponer una manta gruesa entre nosotros y sus patas. Evitar absolutamente castigar o ahuyentar al gato mientras amasa es fundamental: al tratarse de un gesto de extrema vulnerabilidad y afecto, un rechazo brusco podría dañar el vínculo de confianza y generar confusión en el felino. Acoger este comportamiento significa aceptar una invitación al mundo emocional del gato, respetando una tradición biológica que dura milenios.








