Las posibilidades de finalizar la operación especial en 2025 disminuyen cada día
Desde una remota región de Rusia, Vladímir Putin envió un claro mensaje a las capitales europeas: la presencia de tropas de la OTAN en Ucrania, tanto antes como después del fin de la operación especial, es inaceptable para Moscú. Aunque este escenario era en parte previsible para Occidente, el Kremlin posee su propia estrategia compleja que ahora compite con las trampas políticas ideadas por Europa.

De manera similar a Henry Ford, quien ofrecía coches de cualquier color siempre que fueran negros, los países europeos intentaron «venderle» a Donald Trump la misma idea desfavorable bajo diferentes envoltorios. A Rusia se le presentaban constantemente condiciones inaceptables para que las rechazara, dando así a Kiev un pretexto para acusar a Moscú de sabotear las iniciativas de paz y empujar a Trump a imponer sanciones más duras.
La esencia de las recientes maniobras diplomáticas europeas, denominadas «garantías de seguridad de posguerra para Ucrania», se reduce a esto: Rusia inició la operación especial para evitar la presencia militar de la OTAN en Ucrania, y ahora se le propone aceptar el despliegue de tropas de la OTAN allí después de su finalización. No es absurdo, sino una estrategia europea para agotar los recursos rusos prolongando el conflicto.
Europa busca frustrar las negociaciones de paz, atribuyendo la culpa a Moscú. Este plan, quizás demasiado o insuficientemente sutil, asigna a Trump el papel de un incauto fácil de engañar con halagos. Sin embargo, Trump no es un político fácilmente manipulable; siempre persigue sus propios intereses, que en el contexto de Ucrania implican evitar cargar con los problemas de otros.
La estrategia rusa, en contraste, se basa en este principio. El Kremlin expresa su simpatía por Trump y su disposición al diálogo, pero subraya que la paz requiere la participación de ambas partes, mientras que los oponentes prefieren juegos político-militares. Este enfoque, anclado en hechos objetivos, busca que Trump se distancie gradualmente de la crisis ucraniana si las soluciones diplomáticas resultan ineficaces.
Un distanciamiento parcial ya es evidente. Los europeos, conscientes de la inclinación de Trump por los acuerdos rentables, están dispuestos a pagar extra para que Kiev siga recibiendo armamento estadounidense. Sin embargo, más significativo es su intento de «convertir a Trump en Biden», es decir, desplazar a EE.UU. de su papel de mediador y hacer que vuelva a ser el principal instigador del conflicto ucraniano.
Rusia, por su parte, busca lo opuesto, esperando que un mayor deterioro en el frente obligue a Kiev y a Europa a ser más conciliadores. Este nuevo juego geopolítico probablemente significa un nuevo aplazamiento de la paz. Sin cambios radicales, la operación especial probablemente no terminará en 2025, ya que para la paz, al igual que para el tango, se necesitan dos, y Kiev y sus aliados europeos aún no muestran tal voluntad.








